Daban por ahí de las seis de la tarde y estaba buscando un local cerca del Monumento a la Revolución. En el Maps no estaba bien marcado y me había mandado a un billar que realmente no parecía contener el evento al que pretendía atender. Volví a checar el panfleto digital en mi celular, que anunciaba «La Cloaca Fest. Domingo, 19 de noviembre» (que por su cuenta lucía una estética afín a proyectos experimentales como Ramleh, Peter Sotos o Whitehouse) y finalmente encontré el pequeño local, de cuya puerta gruesa ya empezaba a filtrarse el ruido continuo y sin adulterar.

Me recibió el primer acto de Cacofonía HN. Compuesto por uno de los integrantes de la banda de grindcore Cacofonía. La versión «HN» o harsh noise es explícitamente una intervención de grabaciones de la banda, grabadas durante una década de 1988 hasta el 1999, donde prácticamente son completamente inundadas por feedback y guturales distorstionados de muy alto volúmen.

Escapando del narcótico efecto del ruido, vi mis alrededores y noté la apariencia casi distópica del lugar. Un monitor viejo, casi desmoronandose, reproduciendo para el pequeño recinto, una única luz morada que decoraba aparte del banner trasero que leía el nombre del local: Denso Rock, los propios focos del recinto que ocasionalmente llegaban a sacar de la rosca con un banquito cuando era necesario y la evidente ausencia de instrumentos convencionales; todo parecía sacado de un sueño angustiante.

Habían CD’s y cassettes ordenados en una mesa entre los que pude reconocer al ya mencionado Merzbow, la más reciente banda Zeit! y un cassette del vocalista experimental Rodrigo Ambriz, que había tenido el agrado de ver hace un par de días abriendo para Xiu Xiu en Residencia Obrera.

En otra esquina habían camisas, también una de Merzbow, una de Boris, una de The Killing Joke y demás proyectos que han incurrido o se han metido de lleno al ruido como música. Del otro lado contrario del lugar, otro puesto con camisas y discos. Una que llamó mi atención fue de la banda española Machetazo, que estaba ilustrada con un hombre descuartizado (que parecía recortada de un periódico) y que leía «asesinado a 25 machetazos a la cara». También se encontraba el CD: Cada loco con su tema, razón del festival y que es una compilación de siete colaboradores de La Cloaca Records dónde cada quien aporta una canción. Costaba únicamente $100, precio que parece raro de encontrar por un disco últimamente. El pequeño festival era casi un museo del noise.

El género se puede remontar hasta 1913 con Luigi Russolo y su manifiesto El Arte de los Ruidos, así como sus composiciones que mezclaban distintos ruidos de carácter «urbano» como motores y maquinarias pero más importantemente la utilización de dispositivos eléctricos que consideraba «el futuro de la composición», afirmando que «la electrónica y otras tecnologías podrán permitir a los músicos futuristas sustituir la limitada variedad de timbres que una orquesta procesaba por una infinita variedad de timbres que se encuentran en los ruidos, reproducidos con los mecanismos apropiados.».

Es un postulado que sirvió de prefacio a una era de música que llegaría muchísimo tiempo después, específicamente con el rol masivo que tendría la electricidad en la música, desde la llegada de la guitarra electrica hasta la computadora como principal herramienta de creación musical.

Para finales de los 70’s, Lou Reed, de la afamada banda The Velvet Underground, lanzaría el disco Metal Machine Music, propuesto como música para la meditación y compuesto exclusivamente de ruido, que desconcertaría a muchos de los fanáticos del solista que abuchearían su existencia. Sin embargo, para los 90’s, este álbum, así como trabajos de otros proyectos como Nurse With Wound, serían la fundación del movimiento del japanoise que como indica su nombre, provenía de Japón. Pionero de este siendo Masami Akita, con el ya mencionado varias veces, Merzbow, que a la fecha ha producido más de 500 grabaciones en su carrera. Entre otros proyectos estaba The Gerogerigegege, C.C.C.C., Boris (banda que también es gran ejemplo sobre la profunda relación entre el metal y el noise) y uno de los más famosos recientemente, Hanatarash, conocidos más ampliamente por haber llevado una excavadora (comúnmente se dice que fué un bulldozer, pero esto es incorrecto) a uno de sus eventos y haber causado desastres enormes en el recinto.

Yamantaka Eye, frontman de la banda Hanatarash en una excavadora.

Esta corriente japonesa está caracterizada por una especie de fetichismo por la brutalidad y era guiado por un espíritu primal y fuertemente nihilista. Esto es algo interesante considerando que este género en tiempos recientes parece haber sido casi relegado a ser visto como «arte performativo» o «de museo». Casi toda la gente que realiza esta música en México generalmente la encuentras en eventos públicos y de financiamiento cultural. No lo digo de forma despectiva, pues una de las razones principales de esto se debe a que el ruido como género también colinda mucho con la recontextualización de los objetos de la vida diaria.

Siguiendo con el evento y para ejemplificar esto, el artista Alushe utiliza entre mezcladoras y pedales, un artilugio particular compuesto de lo que parecía ser una caja de reloj perforada con unas largas hebras de metal tiesas por las que pasaba sus manos y a cuyo ruido les daba vida con un micrófono de contacto, que por cierto, es una de las herramientas que más vas a encontrar en el género. La música gozaba de un carácter considerablemente más calmado y más comparable al «drone» pero con elementos un tanto caóticos en su interpretación.

Para esto, un chico y una chica se conocían entre las pausas de los sets. Se había acercado a ella complementando su camisa de la banda Godflesh. Para su sorpresa (y la mía) la mujer hablaba inglés, aunque no tardó en adaptarse, probablemente porque el mismo género demanda un poco que sepas el idioma por su falta de comunidad en la ciudad y en el país. El chico le compartía que estaba ahí con un proyecto suyo y que buscaba mostrárselo al fundador de La Cloaca. Mientras hablaba de eso fue interrumpido por otro torrente de ruido.

El performance siguiente correspondía a Heraldos Negros con una aproximación más clásica a la manera de generar ruido. Una mezcladora conectada a si misma y su salida procesada por distorsiones, shifters y synthezisers. Supongo que es un lugar muy apropiado para aprender de pedales.

Al finalizar, el chico le dijo que había sido la mejor experiencia de su vida y siguió platicando con la chica. «Todas las bandas de la escena solo están intentando hacer post-punk tipo Motorama o post-rock aburrido», le decía en inglés. «Yes, yes, I agree«, le contestaba, asintiendo constantemente. Le decía que consideraba importante que los músicos volviéramos a los fundamentos de las cosas y que volviéramos a aprender como tocar nuestros instrumentos desde cero para adoptar nuevas maneras de hacer las cosas.

Se acomodaban las cosas para el siguiente set que pintaba a que sería más elucubrado que los anteriores y me percataba de otras cosas. Este realmente es un lugar con poca gente y en su mayoría, las personas rebasaban los cuarenta años. Entre las pausas, aprovechaban para revenderse discos entre ellos pero también otras cosas como juguetes de colección. Casi toda la gente más grande de ahí se conocía y probablemente era yo, con veinte años, la persona más joven de ahí pues la gente más pequeña parecia tener unos veinticinco.

Finalizó el preparativo y apenas ahí me percaté que este festival estaba ocurriendo simultáneo al Corona Capital. Ese pensamiento fue ahogado en ruido de nuevo pero esta vez en penumbras. El artista de este set, Isla de Mesmeria traía muchas cosas que realmente superaban mi conocimiento y entre todo una caja con un foco de alta luminiscencia que parecia reaccionar al ruido que generaba y cuyo parpadeo iba aumentando exponencialmente. Se elevó hasta que todo parecía moverse a una velocidad de imágen menor; como una película filmada a siete fotogramas. El ruido era atontecedor y las luces generaban cierta aislación sensorial. Terminó ese show y todos nos recuperabamos apenas pero ya estaba empezando a tocar el último proyecto: Vortexxx.

Durante este final me daba cuenta de lo extraño que era tener un festival de ruido, pues realmente, las diferencias entre texturas y sonidos no eran precisamente abismales, sin embargo, también me percataba de que existía un tipo de amenidad poco común en este lugar y que la unía exactamente eso.

La realidad es que este género, con el equipo correcto, lo puede interpretar cualquier persona, es sumamente accesible. Sin embargo, realmente el simple acto de intervenir con una perilla, mover un volúmen; la mera idea de decidir qué hacer, constituye la personalidad del artista.

El noise ejemplifica mucho una idea del arte dónde la forma pierde la importancia completamente y el artista se vuelve el foco entero de su interpretación, hay una honestidad muy extraña en el hecho de que las variaciones de set de ruido a set de ruido sean tan bajas porque realmente el ser humano suele ser mucho exactamente así.

Nuestras diferencias se reducen a simples decisiones, caminos e ideas, pero fundamentalmente hacemos lo mismo. A veces esas pequeñas diferencias crean comunidades, como este caso de treinta personas unidas por un extraño gusto por perderse en la cacofonía, y esas diferencias crean vínculos profundos con otras personas.

Evidentemente el torrente de ruido no diferencía a nadie de nadie, pero el orden de la pedalera o la decisión de que artefacto usar, separa a cada uno de otro.

Dentro de todo este afán por la brutalidad, de destruir la armonía de las cosas, permea un tinte comedico entre todo, que para mí es lo que hace verdaderamente especial a esta pequeña escena.

Finalizó el festival, los chicos intercambiaron números y salimos del lugar. Mi mente apenas salía de esta extraña aislación.

…pedir un Uber después de casi seis horas de ruido realmente se siente muy extraño.

ALERTA: LUCES PARPADEANTES

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